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La óptica es una profesión sanitaria… excepto cuando llega la campaña de verano…

Hay sectores que cambian de escaparate según la estación. Las tiendas de ropa pasan del abrigo al bañador. Las perfumerías sustituyen las fragancias intensas por colonias con nombre de isla griega. Y las ópticas, cuando llega el verano, guardan discretamente la bata blanca, colocan una palmera de cartón y se transforman en una sucursal del Caribe con terminal de pago.

Durante el resto del año, la óptica es una profesión sanitaria. Se habla de prevención, revisiones periódicas, adaptación personalizada, protección ocular, seguimiento profesional y calidad visual.

Pero llega junio.

Entonces aparecen los flamencos hinchables, los descuentos tropicales y los carteles que anuncian gafas de sol como si se estuvieran liquidando chanclas. La salud visual entra en campaña.

Y cuando la salud entra en campaña, suele salir bastante magullada.

La óptica pasa de ser un establecimiento sanitario a convertirse en una especie de chiringuito refractivo. Segunda gafa gratis. Tercera al cincuenta por ciento. Sol, graduado, progresivo, polarizado, con antirreflejante, funda y quizá una pelota de playa si el cliente sonríe al pasar por caja.

Solo falta que el óptico-optometrista pregunte:

—¿La quiere con patatas?

La retina no entiende de rebajas. Promocionar gafas de sol no tiene nada de malo. Al contrario.

Proteger los ojos frente a la radiación ultravioleta es necesario. Utilizar lentes de calidad es importante. Recibir asesoramiento profesional resulta recomendable. Y aprovechar el verano para recordarlo parece perfectamente lógico.

El problema empieza cuando el mensaje sanitario queda enterrado debajo de un “¡TODO AL 50 %!” escrito con letras que podrían verse desde la Estación Espacial Internacional.

Durante meses, el sector reclama reconocimiento sanitario, respeto profesional y valoración de sus servicios. Se recuerda que detrás de cada graduación existe formación universitaria, experiencia, tecnología y responsabilidad.

Pero en cuanto sube la temperatura, algunas campañas parecen redactadas por el departamento comercial de una tómbola.

«Pase, señora. Pruebe suerte». Por la compra de una montura puede llevarse otra y quizá, con un poco de fortuna, hasta le revisen la vista.

La óptica quiere ser reconocida como profesión sanitaria, pero demasiadas veces se anuncia como un bazar con autorización administrativa. Y luego nos preguntamos por qué una parte de la población considera que graduarse la vista es ese pequeño trámite gratuito que se realiza antes de elegir una montura. Será un misterio.

El examen visual, en la letra pequeña. Muchas promociones detallan con precisión milimétrica el precio de la montura, el porcentaje de descuento y el número de gafas incluidas, pero apenas dedican una línea al trabajo profesional que hay detrás.

La montura ocupa medio escaparate. La lente, una esquina.

El examen visual debe de encontrarse en la letra pequeña, entre las condiciones de financiación y la advertencia de que la oferta no es acumulable.

Imaginen una campaña que dijera:

Este verano, antes de comprarse unas gafas bonitas, compruebe que ve correctamente, que la graduación es adecuada y que sus lentes ofrecen la protección necesaria”.

Demasiado largo. Mucho mejor: “DOS POR UNO”

La salud visual siempre ha tenido un grave problema de marketing: necesita explicaciones. La promoción, en cambio, solo necesita un rotulador rojo.

El sector se indigna, con razón, cuando se presenta al óptico optometrista como un simple vendedor de gafas. Sin embargo, algunas campañas veraniegas parecen empeñadas en darle la razón a quien lo piensa.

El profesional puede haber estudiado anatomía, fisiología, óptica, binocularidad, contactología y patología ocular. Puede llevar años formándose y actualizando conocimientos.

Pero, en el anuncio, su principal función parece ser encontrar unas gafas que combinen con el bañador.

— ¿Tiene usted molestias, fotofobia o antecedentes oculares?
— No, pero necesito algo que me afine la cara.
— Perfecto. La salud visual ya la vemos en octubre.

No es una crítica a la moda. Las gafas son también diseño, identidad, estética y expresión personal. Negarlo sería absurdo y, además, ruinoso. El problema no es que una gafa sea bonita. El problema es que, a veces, parece que basta con que lo sea.

El calendario comercial produce transformaciones fascinantes.

  • En enero, prevención.
  • En febrero, concienciación.
  • En marzo, detección precoz.
  • En abril, control de la miopía.
  • En mayo, salud visual infantil.
  • Y en julio: “¡LLÉVESE TRES!”

En óptica, hemos normalizado que un producto sanitario se comunique con la misma sutileza que un colchón en liquidación. Ofrecer buenos precios es legítimo. Facilitar que más personas accedan a una corrección visual adecuada es incluso deseable. Pero una cosa es hacer accesible la salud visual y otra colocarla en una cesta de oportunidades junto a la puerta.

También se puede vender sin montar una verbena.

La campaña de verano podría ser una excelente oportunidad para reforzar el papel profesional de la óptica. Explicar por qué no todas las gafas de sol protegen igual. Recordar los riesgos de una lente oscura sin filtro adecuado. Hablar de niños, conducción, deporte, deslumbramiento, radiación ultravioleta o polarización.

Reivindicar el consejo profesional. Dar valor al examen visual. Y, además… hombre, claro, por favor. También vender gafas.

Fíjense qué idea tan revolucionaria: vender sin comportarse como si se estuviera desalojando un almacén por orden judicial.

Porque el comercio no está reñido con la sanidad. Lo que está reñido con la sanidad es presentarla como un complemento gratuito de la montura.

La óptica puede ser moda, tecnología, diseño, comercio y salud al mismo tiempo. No hace falta renunciar a nada. Solo convendría decidir qué ocupa el escaparate y qué queda escondido detrás del asterisco.

Quizá el problema no sea que durante el verano se vendan muchas gafas de sol. Ojalá se vendan más. Quizá el problema sea que, para venderlas, el sector olvida a veces el discurso que defiende durante todo el año.

Después llegará septiembre. Volveremos a hablar de revisiones visuales, rendimiento académico, prevención y atención profesional. La palmera de cartón regresará al almacén. La bata blanca volverá a ocupar su sitio. Previamente lavada y planchada. Y la óptica recuperará solemnemente su condición sanitaria.

Hasta el próximo junio. Porque, al parecer, la salud visual no cierra por vacaciones. Pero algunas campañas publicitarias sí.

Y con esta última maldad termino hasta Septiembre. Donde seguiré comentando semanalmente, temas que me parecen interesantes,  expuestos con sencillez y con mi mejor idea y sentido del humor.

¡Buenas vacaciones a tod@s!

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