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Hay profesiones que ganan prestigio en cuanto abandonan la planta baja. El dentista suele estar en un primero. El psicólogo, en un tercero. El dermatólogo, en un edificio de consultas donde uno debe atravesar un portal, pulsar un telefonillo y esperar a que alguien abra la puerta.

Ese pequeño recorrido vertical parece obrar un curioso milagro. Uno entra en el ascensor como cliente y sale convertido en paciente.

Con las ópticas ocurre exactamente lo contrario. Están a pie de calle, con grandes escaparates, monturas iluminadas, promociones, fotografías de modelos y mensajes que recuerdan al viandante que ha llegado el momento de cambiar de gafas. Pero sin cruces verdes ni rojas en sus puertas, ni ninguna imagen que las identifique desde lejos.

No obstante, no resulta difícil encontrarlas. Esa es, de hecho, una de sus grandes virtudes. Son establecimientos cercanos, accesibles, integrados en la vida comercial de los barrios y abiertos a cualquier persona que quiera entrar, preguntar, probarse una montura o solicitar una revisión visual.

Pero permítanme plantear una pregunta un tanto incómoda: ¿ganaría prestigio sanitario la óptica si abandonase la calle y se instalase en un piso?

Imaginen por un momento que para acudir al óptico optometrista fuese imprescindible pedir cita, llamar al telefonillo y subir a una consulta situada en la segunda planta de un edificio profesional.

En la entrada no habría escaparate ni expositores visibles desde la calle. Tampoco carteles con descuentos, segundos pares o campañas de temporada. El paciente sería recibido en una sala de espera y pasaría después a un gabinete donde el profesional dedicaría el tiempo necesario a conocer sus antecedentes, evaluar su sistema visual y explicar los resultados de las pruebas.

¿Cambiaría nuestra percepción? Probablemente sí.

No porque el primer piso tenga propiedades científicas desconocidas, sino porque la sociedad continúa asociando determinados espacios con determinadas actividades. Una puerta a pie de calle sugiere comercio. Una consulta situada en un edificio transmite especialización, privacidad y atención profesional.

No deja de ser una convención, pero las convenciones también construyen reputaciones.

Nadie espera encontrar un escaparate de implantes dentales junto a la entrada de una clínica odontológica. Tampoco vemos promociones de tres sesiones por el precio de dos en la ventana del cardiólogo. El paciente acude a estos profesionales porque necesita sus conocimientos, no porque pasaba casualmente por delante.

La óptica, en cambio, debe convivir con una doble condición que nunca ha terminado de resolver del todo.

Diploma e instrumental optométrico en una cesta junto a monturas expuestas sobre pedestales.Es establecimiento sanitario, pero también comercio. Realiza exploraciones visuales, adapta lentes de contacto, controla determinados problemas de la visión y presta servicios especializados. Al mismo tiempo, vende monturas, lentes oftálmicas, gafas de sol y otros productos sometidos a las reglas del mercado, la moda y la competencia.

Esa combinación no es necesariamente negativa. De hecho, ha permitido construir una red de establecimientos extraordinariamente próxima a la población. Pocas profesiones sanitarias ofrecen una presencia territorial semejante.

El problema surge cuando una de las dos identidades termina devorando a la otra.

Si la óptica se presenta únicamente como consulta sanitaria, corre el riesgo de ocultar una parte esencial de su actividad económica. Pero cuando se muestra exclusivamente como tienda, el conocimiento del óptico optometrista puede quedar reducido a un servicio previo a la venta, como si la exploración visual fuese poco más que el trámite necesario para elegir unas gafas.

Trasladar las ópticas a los pisos no resolvería mágicamente esta contradicción.

Al contrario, plantearía dificultades importantes. Se perdería visibilidad, disminuiría la entrada espontánea y resultaría más complejo mantener una exposición amplia de producto. Parte de la población podría considerar menos cómodo acceder a ellas y muchos establecimientos dejarían de beneficiarse de la proximidad comercial que constituye una de sus mayores fortalezas.

Además, una óptica no se convierte en clínica por colocar una placa de latón junto al portal.

Podría estar situada en una cuarta planta y continuar dedicando cinco minutos a cada revisión. Y podría permanecer a pie de calle ofreciendo una atención optométrica rigurosa, pausada y perfectamente diferenciada de la actividad comercial. Quizá, por tanto, no debamos discutir tanto sobre la altura del establecimiento como sobre la jerarquía de lo que ocurre dentro de él.

¿Ocupa el gabinete el centro del proyecto o es simplemente el espacio al que se conduce al cliente antes de mostrarle las monturas?
¿Se cobra el conocimiento profesional o se regala con la esperanza de recuperar su coste mediante la venta?
¿Se comunica adecuadamente el valor de una exploración visual completa?
¿Existe una verdadera separación entre la recomendación clínica y la propuesta comercial?

Puede que algunos servicios optométricos especializados sí encuentren su lugar natural fuera de la tienda tradicional. Consultas de baja visión, control de la miopía, terapia visual, contactología avanzada o atención pediátrica podrían desarrollarse perfectamente en centros profesionales, con cita previa y sin depender del tránsito comercial.

No sería extraño que el futuro trajera una mayor diversidad de modelos: ópticas de proximidad a pie de calle, consultas optométricas especializadas en pisos y establecimientos híbridos capaces de separar con mayor claridad la atención sanitaria de la venta.

Lo importante sería que cada uno explicara con honestidad qué ofrece y por qué debe ser valorado. Porque el verdadero prestigio científico no se consigue escondiendo las monturas ni subiendo dos plantas. Se consigue mediante formación, tiempo, criterio, evidencia, independencia profesional y capacidad para demostrar al paciente que detrás de cada decisión existe algo más que la necesidad de cerrar una venta.

Tal vez las ópticas no necesiten abandonar la calle. Tal vez lo que necesitan es dejar de colocar su conocimiento profesional en el escaparate de las cosas gratuitas.

Nota. Faltaría el tema económico de instalación. En un piso sería más económico y una posible comparación laboral/técnica con los oftalmólogos más homogénea. La labor profesional de estos se desarrolla o bien en clínicas o en consultas. Casi nunca en establecimientos a pie de calle.


«Permítanme una maldad» es una sección de opinión. Las valoraciones expresadas pertenecen a su firmante y no representan necesariamente la posición editorial de Optimoda.

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