Hay días en los que uno mira por la ventana y no sabe si está viendo la calle, el apocalipsis climático o simplemente julio haciendo horas extra. El calor tiene estas cosas: convierte cualquier pensamiento en una teoría de la conspiración con ventilador.
Pero bajemos un poco la temperatura, si es que eso todavía es legal.
Siempre hemos hablado de los medios de información como si fueran una lista cerrada: prensa, radio, televisión, internet, redes sociales… y, últimamente, ese primo que reenvía audios con una seguridad moral que ya quisiera Reuters. Sin embargo, quizá se nos ha olvidado uno de los grandes medios de información de la historia: la vista.
Sí, la vista.
Ese canal aparentemente inocente por el que entra casi todo lo que creemos saber del mundo. Vemos una cara, una tienda, unas gafas, una sala de espera, un escaparate, una bata blanca, una montura cara, otra barata, una persona mal vestida, otra demasiado bien vestida… y, antes de que el cerebro tenga la decencia de pedir permiso, ya ha organizado una tertulia.
Porque esa es la trampa: creemos que vemos, pero en realidad editamos.
La vista recoge datos. La mirada los cocina.
Y ahí empieza el problema.
La vista informa, sí. Pero la mirada opina. Y a veces opina demasiado, con una alegría que ya quisieran algunos columnistas (yo, el primero).
Uno puede entrar en una óptica y ver orden, luz, profesionalidad y confianza. Otro puede entrar en el mismo establecimiento y ver precios, sospecha, «a ver cuánto me quieren cobrar» y ese terror tan español a que alguien gane dinero trabajando. Uno mira unas gafas y ve diseño; otro ve plástico con ínfulas. Uno mira una lente progresiva y ve tecnología; otro piensa: «Esto antes no hacía falta». Uno mira una revisión visual y ve salud; otro, un trámite.
La escena es la misma. La noticia, no.
Y eso debería inquietarnos un poco. Solo un poco; tampoco hace falta cancelar la sobremesa.
Nos pasamos la vida reclamando objetividad a los periódicos, a las televisiones, a los políticos, a los jueces, a los algoritmos y al camarero que nos dice que «la cocina está a punto de cerrar». Pero rara vez se la reclamamos a nuestra propia mirada. Como si nuestros ojos fueran una cámara suiza: neutral, impecable, sin intereses ni cuñados dentro.
Qué ingenuidad más enternecedora.
No vemos el mundo tal como es. Lo vemos tal como estamos: con sueño, con miedo, con prisa, con prejuicios, con esperanza, con resentimiento, con hambre o con unas ganas tremendas de tener razón. La mirada llega siempre acompañada de una biografía. Y, a veces, de una mala digestión.
Por eso existe, probablemente, la mirada optimista. Y la pesimista. Y la generosa. Y la egoísta. Y la mirada fiscalizadora, que no entra en una habitación: la inspecciona. Y la mirada amable, que encuentra humanidad incluso donde otros solo ven desorden. Y la mirada profesional, que detecta lo que al resto se nos escapa. Y la mirada cansada, esa que ya no ve matices porque bastante tiene con llegar al viernes. A esta última me apunto.
También existe la mirada de titular sensacionalista. Esa es muy frecuente. Ve una anécdota y monta una crisis de sector. Ve una arruga y anuncia decadencia. Ve a un joven comprando por internet y decreta el fin del comercio físico. Ve una óptica vacía a las cinco de la tarde de un martes de agosto y ya está redactando el obituario de la profesión.
Luego están la mirada publicitaria, que encuentra oportunidades hasta en una baldosa rota; la institucional o política, que ve ‘problemas’ donde otros encuentran soluciones; la económica, que solo enfoca márgenes; la sanitaria, que ve personas antes que tickets; y la del cliente, que muchas veces no sabe exactamente qué está viendo, pero sí sabe perfectamente cómo se siente al verlo.
Esto último debería importarnos mucho.
Porque en óptica la visión no termina en la retina. Ni en la graduación. Ni en la montura. Ni siquiera en la lente. La visión también tiene que ver con la confianza, con la percepción, con la forma en que alguien interpreta lo que tiene delante. Una óptica no solo se mira: se lee. Como se lee una portada. Como se lee un gesto. Como se lee una mala noticia.
El escaparate informa.
La iluminación informa.
El orden informa.
El tono de voz informa.
El tiempo dedicado a explicar informa.
La bata informa.
La ausencia de bata también informa.
El precio informa, incluso cuando no explica nada.
Y el cliente, mientras tanto, hace lo que hacemos todos: interpreta. A veces con justicia. A veces con una parcialidad escandalosa. Porque el consumidor también tiene línea editorial, aunque no la declare.
Uno entra buscando gafas y sale con una opinión sobre el establecimiento, el profesional, el producto, el precio y, ya puestos, sobre el estado moral de Occidente y la última chorrada de Trump. Todo ello en menos de veinte minutos. Hay tertulianos que necesitan tres horas para hacer menos.
La gran pregunta, entonces, no es solo qué ve una persona. La pregunta es desde dónde mira.
Ahí la cosa se pone interesante. Y un poco incómoda.
Porque quizá no basta con ayudar a ver mejor. Quizá también habría que preguntarse si sabemos mirar mejor. Si somos capaces de mirar sin prejuicios, sin automatismos, sin convertir cada estímulo visual en una confirmación de lo que ya pensábamos antes de abrir los ojos.
El pesimista ve una tendencia y sospecha.
El optimista ve una tendencia y se ilusiona.
El cínico ve una tendencia y pregunta quién la paga.
El profesional serio ve una tendencia y analiza si sirve para algo.
El periodista, por supuesto, ve una tendencia y busca un titular. «Nadie es perfecto»,(genial frase final de la película de 1959 Some like it hot en versión española Con faldas y a lo loco de Billy Wilder)
La vista nos da información. Pero la mirada la jerarquiza, la adorna, la mutila o la convierte en relato. Por eso dos personas pueden ver exactamente lo mismo y no vivir la misma realidad. Una ve un cambio. Otra, una amenaza. Una ve evolución. Otra, pérdida. Una ve una nueva generación de consumidores. Otra piensa que «los jóvenes ya no entienden nada».
Y tal vez todos tengan una parte de razón. O de miopía.
Permítanme la maldad: quizá necesitamos menos gente que «lo ha visto claro» y más gente dispuesta a revisar su mirada. Porque pocas frases son tan peligrosas como esa de «lo vi con mis propios ojos». Como si los propios ojos no fueran también sospechosos habituales.
Los ojos ven.
La mirada editorializa.
El cerebro titula.
Y luego nosotros, muy dignos, llamamos a eso realidad.
Así que sí: la vista es un medio de información. Uno de los más poderosos. Pero también uno de los más manipulables, porque el director del medio vive dentro de nuestra cabeza y rara vez publica fe de errores.
Quizá por eso conviene cuidar la visión. Y quizá también conviene cuidar la mirada. La primera nos permite enfocar. La segunda nos permite entender. Y, en tiempos de ruido, calor, pantallas, prisas y certezas inflamables, no está nada claro cuál de las dos anda más necesitada de revisión.












