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¡¡Penalti!! o ¡¡piscinazo!! Hay una frase que debería provocar más desconfianza que tranquilidad: «Lo vi con mis propios ojos». Magnífico.

También vemos el cubo de Necker orientado de una manera y, dos segundos después, de la contraria. También vemos una copa de Rubin y, de pronto, dos caras.

La imagen no cambia. Cambia nuestro cerebro.

Y eso tiene bastante mala leche. Fastidia. Y uno se pregunta: ¿me engañan mis ojos? ¿Me engaña mi cerebro? ¿O mi nervio óptico está en las últimas y con más kilómetros que un Citroën 2 caballos?

Porque llevamos toda la vida creyendo que los ojos son notarios de la realidad, cuando en realidad son poco más que mensajeros. Recogen información y la mandan arriba. Después entra en escena el cerebro.

Y el cerebro interpreta. Completa. Supone. Apuesta.

Y, si hace falta, se inventa el resto con una seguridad admirable. No porque funcione mal, sino precisamente porque funciona así.

El problema aparece cuando olvidamos ese pequeño detalle y confundimos lo que hemos visto con la verdad absoluta. Ahí empieza el espectáculo.

Un delantero cae dentro del área. Penalti clarísimo. O piscinazo escandaloso. Depende, curiosamente, de la bufanda que lleves puesta. O del lado de Negreira que estés.

No es una ilusión óptica propiamente dicha. Es algo todavía más entretenido: información, expectativas, prejuicios e intereses trabajando juntos. Una especie de comité editorial dentro del cerebro con más dudas sobre qué tenemos que hacer con Ceuta.

Y no ocurre solo en el fútbol. En política, dos personas escuchan el mismo discurso y una oye sensatez mientras la otra escucha una amenaza para la civilización occidental.

En televisión, un tertuliano ve una catástrofe y el de al lado, una oportunidad histórica. ¡Y eso que lo saben todo y de todo!

En las redes sociales ya hemos perfeccionado el sistema: primero decidimos qué queremos pensar y después buscamos los datos necesarios para confirmarlo. Mucho más eficiente.

Quizá por eso abundan tanto las personas completamente seguras de aquello que han visto, leído o escuchado. La duda exige un esfuerzo. La certeza, en cambio, sale baratísima.

El cubo de Necker al menos tiene la decencia de avisarnos: «Ojo, que esto puede verse de dos maneras». La vida real no.

Por eso tal vez deberíamos desconfiar un poco más de frases como:

  • «Está clarísimo…»
  • «Todo el mundo lo sabe…»
  • «Yo estaba allí…»
  • «Lo vi con mis propios ojos…»

O mi favorita:

  • «Los hechos son los hechos…»

Sí. Los hechos son los hechos. Otra cosa es lo que nuestro cerebro hace con ellos.

Después de conocer el cubo de Necker y la copa de Rubin, yo al menos he aprendido algo importante. No son mis ojos los que me engañan. Es mi cerebro. Y, por lo que veo, empezó a hacerlo bastante antes que la clase política.

Acabaré preguntándome, como Calderón: «¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción».


«Permítanme una maldad» es una sección de opinión. Las valoraciones expresadas pertenecen a su firmante y no representan necesariamente la posición editorial de Optimoda.

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