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Hay ideas que uno piensa en voz baja, casi con cierto pudor, porque teme que los demás le miren como si hubiera perdido definitivamente el juicio. Esta es una de ellas.

¿Y si dentro de unas décadas, o no, el óptico optometrista que cuida, vigila, gradúa a sus clientes/pacientes viviera a miles de kilómetros de distancia? Lo sé. Suena extraño.

Pero también sonaban extrañas muchas de las cosas que hoy forman parte de nuestra vida cotidiana. Hace apenas veinte años, la idea de comprar unas vacaciones por internet, compartir piso con desconocidos o subirse al coche de una persona a la que jamás habíamos visto parecía, como mínimo, una temeridad.

Sin embargo, la tecnología tiene una curiosa costumbre: convierte en realidad lo que antes parecía absurdo. Julio Verne imaginó submarinos y viajes a la Luna. Arthur C. Clarke describió los satélites de comunicaciones cuando aún no existían. No acertaron en todos los detalles, pero comprendieron la dirección del cambio.

Por eso me pregunto si estamos observando la óptica del futuro con las gafas del presente.

La mayoría seguimos imaginando el ejercicio profesional ligado a un establecimiento físico. Un paciente entra por la puerta, se sienta frente al profesional, se realiza una refracción, elige una montura y vuelve unos días después a recoger sus gafas. Pero ¿y si esa secuencia no fuera una ley natural, sino simplemente el resultado de las limitaciones tecnológicas de nuestro tiempo?

Porque las piezas ya existen. 

La inteligencia artificial es capaz de detectar alteraciones retinianas con niveles de precisión sorprendentes. Los teléfonos móviles permiten realizar mediciones cada vez más sofisticadas. La realidad aumentada facilita probar monturas sin necesidad de tenerlas físicamente delante. La impresión 3D avanza hacia productos personalizados y la telemedicina ha dejado de ser una extravagancia para convertirse en una herramienta habitual en muchas especialidades sanitarias.

Por separado, todas estas innovaciones parecen avances independientes. Juntas, dibujan algo mucho más interesante.

Quizá el óptico optometrista del futuro pueda trabajar desde una pequeña consulta doméstica, o incluso desde su propia casa, atendiendo a pacientes repartidos por todo el planeta. Un profesional especializado en terapia visual podría seguir la evolución de un niño que vive en otro continente. Un experto en control de la miopía podría asesorar a familias que jamás llegarán a cruzar la puerta de su gabinete. Y unas gafas personalizadas podrían fabricarse cerca del usuario o incluso imprimirse en pequeñas unidades distribuidas.

La pregunta importante no es si la tecnología será capaz de hacerlo. Probablemente lo será.

La cuestión verdaderamente interesante es otra: ¿estaremos preparados para confiar en un profesional al que nunca veremos en persona? La respuesta intuitiva es pensar que no.

Pero también pensábamos que nunca pediríamos la cena desde una applicación, ni confiaríamos nuestros ahorros a un banco sin oficinas. Y, sin embargo, aquí estamos.

Quizá dentro de veinte años nos parezca perfectamente normal decir que nuestro optometrista está en Buenos Aires, Lisboa o Singapur. Y eso abre una reflexión apasionante.

Porque tal vez la gran transformación de la óptica no llegue con unas gafas inteligentes o con una nueva lente revolucionaria. Quizá la verdadera revolución sea mucho más profunda y silenciosa. La desaparición de la distancia.

El día que eso ocurra, los profesionales dejarán de competir únicamente con la óptica situada dos calles más abajo. El mercado potencial se volverá global, pero también lo hará la competencia. Un excelente especialista de cualquier rincón del mundo podrá atender a nuestros pacientes, del mismo modo que nosotros podremos hacerlo con los suyos.

Y entonces comprenderemos que la verdadera unidad de medida de la profesión nunca fueron los kilómetros. Sino la confianza.

Porque las personas no buscarán necesariamente al óptico más cercano. Buscarán al que consideren mejor.

Y los mejores profesionales siempre han acabado trascendiendo las fronteras. Quizá también ocurra con los nuestros.

Y quizá, cuando llegue ese día, descubramos que aquella idea que parecía un disparate no era más que una pequeña ventana abierta al futuro.

¡Aaaaaa! , me acabo de despertar. Como dijo aquel… no me digas que fue un sueño.

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