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Bienvenidos a la óptica incómoda: el futuro ya está facturando

Un tal G.K. Chesterton escribió en 1935 (un poco antes de su muerte) un cuento al que título igual que he iniciado mi billete. Muchas cosas han cambiado en estos noventa y un años transcurridos, Pero… aquello era un cuento y lo que me permito escribir a continuación espero que no sea una pesadilla.

Hay una verdad que empieza a doler: el sector óptico lleva años jugando a modernizarse… mientras el futuro le ha adelantado por la derecha. Y no con sutileza. Con determinación. Con contundencia. Con facturación, eficiencia y una capacidad de ejecución que empieza a dejar en evidencia a más de uno. Y a más de tres.

La inteligencia artificial ya no es ese PowerPoint bonito que se enseña en congresos. Está afinando diagnósticos, cruzando datos clínicos en segundos y detectando patrones que a muchos se nos escapan. Hoy “ayuda”. Mañana “recomienda”. Y pasado mañana… ejecuta. Sin cafés, sin dudas, sin egos. La pregunta no es si sustituirá tareas. La pregunta es cuántas ya está haciendo mejor que nosotros mientras seguimos vendiendo la misma historia de siempre detrás del mostrador.

Luego está la impresión 3D, ese juguete que algunos todavía miran con curiosidad de feria. Error. Inmenso error. No es una demo, es una amenaza estructural. Diseñar una montura, imprimirla en el acto, ajustarla y entregarla en horas. Sin almacén, sin dependencia de proveedores, sin excusas. El problema no es que esto sea posible. El problema es que cuando sea habitual, el que siga esperando reposiciones de catálogo va a parecer un museo con iluminación LED.

Y mientras tanto, la robotización entra sin hacer ruido. Automatiza pruebas, ordena procesos, elimina errores y convierte el tiempo (ese recurso que tanto desperdiciamos), en eficiencia pura. No protesta, no se distrae, no llega tarde. Y no, tampoco pide vacaciones. Lo incómodo no es que exista. Lo incómodo es que empieza a ser mejor opción que muchos modelos de gestión actuales.

Aquí es donde se pone feo de verdad. Porque esto no va de “adaptarse un poco”. Va de romper con una inercia que huele a 2005. Va de asumir que el negocio de la óptica no es vender gafas. Eso ya lo puede hacer casi cualquiera. El negocio es interpretar, decidir, aportar valor real en un entorno donde la máquina hace cada vez más —y mejor— lo operativo.

Y sí, esto asusta. Debería.

Porque el mayor riesgo no es la tecnología. El mayor riesgo es la complacencia. Ese “aquí siempre se ha hecho así” que en otros sectores ya ha enviado a más de uno directamente al cementerio empresarial. La buena noticia es que todavía estamos a tiempo. La mala es que ese “todavía” empieza a caducar.

Así que la próxima vez que alguien diga que esto va de innovación, quizá convendría corregirle: no va de innovar. Va de no desaparecer. Y eso, amigo, ya no es tendencia. Es urgencia.

¿Cuento o pesadilla?


Este artículo de opinión se publicó originalmente en la edición de Abril de Optimoda Plus

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