Resulta quizás atrevido querer trazar la historia de esta evolución de la Optometría, (o más bien revolución), acotándola al período comprendido entre mediados de los años setenta del siglo XX y la actualidad.
Medio siglo aproximadamente, que coincide plenamente con mi trayectoria profesional, inicialmente activa, posteriormente emérita, que me permite hablar con conocimiento de causa sobre la evolución vivida por la Optometría en primera persona.
En la década de los setenta, la Optometría aún no formaba parte de nuestro vocabulario profesional; el enunciado de la propia Escuela de Óptica, de Madrid, única que había en todo el Estado, ya dejaba claro que hablábamos de una profesión más anclada en la física, alejada todavía de la dimensión sanitaria; incluso se llegó a comparar el ojo con una cámara fotográfica.
Los problemas que se consideraban importantes eran exclusivamente los relacionados con las ametropías clásicas, como miopía, hipermetropía, astigmatismo y presbicia, y el proceso de graduación se basaba exclusivamente en pruebas subjetivas, donde predominaba la opinión del cliente sobre la fórmula que le proporcionaba mejor agudeza visual.
El primer gran cambio se produjo con la consideración de la relación binocular en el examen visual, intentando evitar las desavenencias que, a menudo, se producían cuando se buscaba exclusivamente la precisión en la graduación de cada uno de ambos ojos. El sistema visual ya se analizaba como una unidad funcional, dando lugar a una nueva comprensión de los problemas binoculares, con especial atención a la ambliopía, el estrabismo y la integración del mensaje visual.
“El primer gran cambio llegó cuando la visión binocular empezó a considerarse parte esencial del examen visual”
Este avance supuso una renovada importancia para el uso de instrumentos como el oftalmoscopio y el retinoscopio, el primero para observar el fondo del ojo, y el segundo para obtener una fórmula inicial más fiable, totalmente objetiva, que serviría de base para la fórmula final, afinada con las respuestas del cliente.
Este enfoque abrió las puertas a la Optometría Funcional, donde la calidad visual y la comodidad tomaban protagonismo relegando la búsqueda de la agudeza màxima; debía escogerse entre la cantidad y la calidad, es decir, entre la máxima agudeza y la máxima comodidad. La visión dejaba de ser una simple cuestión de nitidez, para convertirse en un proceso perceptivo y adaptativo. Ver claro ya no era sinónimo, necesariamente, de ver bien.
Se entraba en un nuevo mundo, el de los problemas de comodidad, adaptación y rendimiento. Se amplió la utilización de más instrumentos de medición, y sobre todo, de observación, buscando anomalías que requirieran la derivación del caso hacia el profesional competente, y se dio mayor relevancia a las observaciones con el oftalmoscopio, ahora también utilizado para comprobar si el alineamiento de la fóvea era estable o inestable.
Y estos avances nos condujeron hacia la Optometría Holística o Conductista en la que se desarrollaban las relaciones entre la visión, la totalidad del organismo y también el medio en el que se desarrollaba la acción visual. Se consideraba todo como una unidad en la que intervenían más factores, todos los implicados en la visión, directa o indirectamente.
De este nuevo paradigma surgió una práctica más integradora. La evaluación visual se individualizaba según el contexto y las necesidades de cada persona: no era lo mismo graduar a un trabajador del campo que a un administrativo. Ahora ya se consideraban como importantes los problemas de desarrollo, de eficacia visual y de aprendizaje y muchas de las dislexias.
Sin duda, la parte más importante de la práctica de la Optometría Holística radica en la prescripción de lentes positivas como instrumento terapéutico. Ellas son la base filosófica de este modelo en contraposición al modelo estructural que, basado en obtener la máxima agudeza visual, que casi siempre, algunas veces en exceso, prescribe negativos para mejorarla.
“La innovación tecnológica ha transformado la optometría en una disciplina más precisa, personalizada e integradora”
Qué salto conceptual en sólo medio siglo. De leer optotipos como máximo exponente de la ciencia óptica, a una disciplina capaz de descodificar la compleja información que nos proporcionan los más sofisticados instrumentos diagnósticos. A su vez, contamos con diversas Facultades de Optometría, repartidas por el territorio, que aseguran una formación de alto nivel, alineada con esta revolución silenciosa pero determinante.
¿Y qué nos espera en los próximos años?
En un contexto marcado por una evolución tecnológica vertiginosa resulta difícil aventurarse. Sin embargo, las tendencias actuales apuntan a un 50% de prevalencia de miopía hacia el año 2050 en las sociedades desarrolladas. La miopía consiste en la adaptación del sistema visual a la distancia de utilización de la visión; si miramos mucho más de cerca que de lejos, como ya ocurre actualmente, estas distancias cortas generarán miopías tanto o más importantes cuanto más cercana sea la utilización de la visión y, lógicamente, tendrán que perfeccionarse, aún más, los sistemas de compensarlas.
Paralelamente, el aumento de la esperanza de vida llevará asociado un incremento de las patologías visuales relacionadas con la edad —como la DMAE o las cataratas—, lo que exigirá una coordinación cada vez más estrecha entre ópticos-optometristas y oftalmólogos, así como una visión integradora del tratamiento y seguimiento visual.
Este artículo de opinión se publicó originalmente en la revista Optimoda correspondiente al segundo semestre de 2025
















