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Hay algo que me viene sucediendo desde hace tiempo y que empiezo a considerar preocupante. Entro en una óptica y, durante unos segundos, necesito mirar el rótulo para saber dónde estoy.

Madera clara. Tonos beige. Una planta tropical. Luz indirecta. Una pantalla que reproduce imágenes relajantes. Algún taburete de diseño. Y una colección de monturas expuestas con tanto espacio entre ellas que uno sospecha que las gafas también necesitan preservar su bienestar emocional.

Todo es elegante. Todo es bonito. Todo es tremendamente contemporáneo. Y todo se parece sospechosamente a las últimas cuatro ópticas en las que he entrado.

Hace treinta años las ópticas tenían mucha menos estética y mucha más personalidad. Algunas eran imposibles de olvidar. Otras, directamente, imposibles de describir. Pero todas tenían alma.

Hoy, en cambio, uno tiene la impresión de que media profesión ha comprado el mismo catálogo y la otra media está esperando a que salga la próxima colección de muebles.

No me malinterpreten. Nunca habíamos trabajado en establecimientos tan agradables. Y eso es una magnífica noticia.

La mala noticia sería creer que la diferenciación empieza y termina en el color de las paredes.

Porque, seamos sinceros, ningún paciente ha salido nunca diciendo:

—¡Qué maravilla de roble laminado! ¡Volveré el año que viene!

En cambio, sí salen diciendo:

—Me atendieron de maravilla.
—Me explicaron las cosas con una paciencia infinita.
—Por fin alguien entendió mi problema.

Curiosamente, nadie recomienda una óptica por el tono de sus leds. La recomienda por las personas. Y ahí reside la gran paradoja.

Mientras los establecimientos se han ido pareciendo cada vez más, los ópticos siguen siendo deliciosamente distintos. Y menos mal.

diferenciación de las ópticas

Porque los hay prudentes y atrevidos. Clínicos y comerciales. Apasionados por la moda y enamorados de la baja visión. Defensores de la inteligencia artificial y orgullosos artesanos de la refracción tradicional. Hay quienes hablan poco y quienes son incapaces de entregar unas gafas sin regalar antes una conversación.

Es decir, siguen siendo humanos. Y quizá ahí esté la clave. Porque sospecho que algunas profesiones están empezando a obsesionarse tanto con parecer modernas que corren el riesgo de parecerse unas a otras.

A veces entro en una óptica y me pregunto si estoy en una óptica, en una clínica dental, en una cafetería de especialidad o en un hotel boutique de Copenhague.

Y eso, permítanme la maldad, no siempre es una buena señal. Porque cuando todo resulta impecable, elegante y perfectamente intercambiable, existe el peligro de que lo único verdaderamente irrepetible —las personas— termine pasando a un segundo plano.

Y sería una lástima.

Porque el catálogo del mobiliario lo puede comprar cualquiera.

El criterio, la experiencia, la vocación y la personalidad siguen sin venderse en ninguna feria.

Todavía.


Este artículo de opinión se publicó originalmente en la revista Optimoda+ edición verano

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