Las imágenes capturadas durante las reuniones de desarrollo de producto cuentan una parte fundamental del universo Blackfin: el camino que precede al producto terminado. Todo comienza y cobra vida en el interior de sede central, el Black Shelter. Aquí, el procesamiento del titanio se despoja de su aparente frialdad industrial para revelar su verdadero motor: un riguroso trabajo en equipo.
“Ninguna montura es fruto de una intuición aislada. Alrededor de las mesas del Black Shelter se encuentran y debaten diferentes talentos y competencias. La visión estética del diseño se mide constantemente con los desafíos de ingeniería, impulsando al departamento de Investigación y Desarrollo a encontrar soluciones técnicas cada vez más avanzadas”, destacan desde la firma.
En paralelo, se lleva a cabo un profundo estudio del color, poniendo a prueba acabados inéditos para realzar el material de una forma única y reconocible. “En este proceso de intercambio constante, saber escuchar juega un papel decisivo. El feedback que recopilamos continuamente del mercado y de los clientes es un pilar fundamental del desarrollo. Conocer las expectativas de los clientes y las necesidades prácticas de quienes proponen las gafas de Blackfin a diario es lo que nos permite traducir una idea creativa en un producto funcional, fiable y concreto”, añaden.
Subrayan que desde la idea inicial hasta el producto terminado transcurren nada menos que 11 meses. Cada modelo es prototipado, evaluado y modificado innumerables veces. Se debate sobre variaciones de décimas de milímetro, se corrigen curvas aparentemente imperceptibles y se recalibran los espesores del titanio hasta lograr una precisión absoluta en los detalles.

















