10 de Septiembre de 2010

Artículos

Autor: Francesc Viñas

Crisis y resiliencia

22/6/2009

Francesc Viñas
Director Área de Gestión
Industria Optica Hispano

La recesión económica que estamos viviendo aumenta, si cabe, la complejidad de nuestra realidad social, y acentúa una de sus características: a mayor complejidad mayor incertidumbre y, por tanto, más fragilidad. Los especialistas en economía han explicado los orígenes de la crisis financiera mundial, las repercusiones en los diferentes mercados y, en el caso de España, el grave descenso del consumo y la gran destrucción del empleo que se está generando. Todo ello afecta al sector óptico, y nos presenta un escenario complejo que invita a la reflexión para tomar las decisiones más acertadas con las que afrontar la situación actual.
Precisamente, la palabra crisis viene del griego krisis y éste del verbo krinein que significa “separar” o “decidir”. Crisis es algo que se rompe y porque se rompe hay que analizarlo. De allí el término crítica que significa análisis o estudio de algo para emitir un juicio, y de allí también criterio que es razonamiento adecuado. La crisis nos obliga a pensar, por tanto produce análisis y reflexión.

En una primera aproximación observamos los comportamientos sobre los que se sustentaban las prácticas que desencadenaron la crisis financiera mundial: la codicia, la avaricia, el oportunismo, el egoísmo, … Muchos analistas atribuyen esta crisis, originada en Estados Unidos, a una voluntad y sentimiento de poder ilimitado por parte de los agentes financieros y a la pérdida de la noción de límite. Una ética del éxito y enriquecimiento fácil, del todo vale a cualquier precio, …

Una actitud muy extendida en comentarios periodísticos, es el alarmismo. Se conjetura acerca de las tendencias que se derivan de la crisis y se dramatiza sobre la realidad. Esta especie de “profetas del desastre” parecen regocijarse con la crisis en vez de aportar pistas para salir de ella, sugerir criterios para evitar que se repita en el futuro, y presentar valores con los que afrontar la realidad. Este dramatismo fundamentado en la desconfianza y el temor, no favorece las actitudes necesarias para encontrar soluciones a los graves problemas que tenemos planteados.

La resiliencia es una palabra poco habitual en el lenguaje común. En física se emplea para describir la capacidad de un material para recuperar su forma original después de haber estado sometido a una presión. Desde una perspectiva ética, tomado los comentarios del filósofo Francesc Torralba (1), diríamos que es la capacidad de triunfar de una manera socialmente aceptable, a pesar de la adversidad. El valor de la resiliencia se revela en momentos de adversidad, de dificultad y nos faculta para triunfar en aquellas circunstancias mediante el ingenio y las habilidades de la persona. En estas ocasiones podemos descubrir recursos personales y habilidades individuales que desconocíamos, pero como consecuencia de encontrarnos en una circunstancia precaria, intentamos superar con nuestras posibilidades.

El futuro es incierto y más en una situación como la actual en la que se han quebrado muchas realidades a las que nos habíamos acostumbrado después de un largo periodo de prosperidad económica. No obstante, el futuro no es fruto del destino ciego, ni de la causalidad de la materia, sino que es el resultado de las decisiones y del trabajo del presente. El futuro sería diferente si las decisiones del presente tuvieran otro contenido. Y esta afirmación tan simple y evidente es la clave de mi reflexión. Pero, ¿dónde fundamentar nuestras decisiones?, ¿qué valores conforman nuestro referente ético?

El primer valor que es preciso destacar para afrontar el futuro –siguiendo al filósofo Torralba- es la buena fe, que no es ni ingenuidad y menos aún estupidez, sino que es un valor que nos faculta para confiar en la persona y en su capacidad de corregir los errores del pasado y de construir escenarios más dignos para la vida de la persona humana.

La creatividad es un valor que precisamos para edificar un futuro que rompa con la inercia que nos ha llevado a esta situación, y que nos permita imaginar nuevos retos y nuevos mecanismos de actuación.

También es preciso coraje. No podemos empequeñecernos antes los grandes desafíos que se nos han planteado con la explosión de esta crisis global que vivimos: financiera, laboral y de valores. Hemos de posicionarnos de una forma proactiva ante el futuro, con el coraje necesario para oponerse tanto a la audacia como al temor.

El valor de la crítica, además de ser necesario en la acción formativa, es también importante en la planificación del futuro. Sin espíritu crítico es imposible acercarse con éxito al futuro. La crítica respecto al pasado es necesaria para evitar que los errores y las miopías del pasado se reproduzcan en el futuro. La crítica nos ha de llevar a la cimentación de un futuro más sólido y menos inestable que la situación que nos ha conducido a esta crisis.

En el mundo laboral el valor de la laboriosidad nos predispone a actuar e implicarnos en nuestro trabajo, a intentar hacer bien las cosas y a buscar la excelencia en nuestras actuaciones. La honestidad siempre ha sido un valor apreciado en el mundo del trabajo. Una persona honrada juega limpio en todo aquello en que participa. Basar las actividades en la honestidad significa marginar aquellos comportamientos que están en la raíz de la crisis financiera actual. La competencia es un valor necesario. Ser competente significa conocer a fondo la propia profesión, conocer los propios límites y formarse constantemente para alcanzar los máximos niveles de competencia. El rigor es un valor necesario en un entorno tan competitivo y en una situación de precariedad laboral. El rigor pide exigencia, tenacidad en el esfuerzo, búsqueda incondicional de lo óptimo y voluntad constante de mejora. Y por último, la eficiencia, uno de los valores más necesarios en la vida laboral actual. Las personas son válidas en sí mismas, tiene una dignidad intrínseca, indiferentemente a su grado de eficacia y eficiencia laboral. De todas formas, las organizaciones requieren agentes eficientes, capaces de hacer bien las cosas y con rapidez, y por tanto es preciso cultivar y ejercer este valor.

La perseverancia nos permite persistir en nuestra manera de ser y de obrar, y es necesaria para no desistir de los esfuerzos necesarios ante las dificultades, sino todo lo contrario, afrontar las inclemencias del vendaval de contrariedades hasta dejar atrás la tempestad de dificultades que se presentarán para construir el futuro. En estos momentos es especialmente necesario ser perseverantes.

La situación actual ante un futuro tan incierto hace necesaria la fe. La fe es un valor que tiene una naturaleza esencialmente religiosa, aunque también puede contemplarse desde una perspectiva laica. Para vivir es preciso tener fe en uno mismo, en los otros y en los proyectos propios y colectivos, por muy difíciles que sean. Una fe libre y razonable, que no es fruto de la coacción ni de la obligación, y que se construye sobre un conjunto de razones que muestran –pero no demuestran- la coherencia del objeto de fe.

Para afrontar el futuro, hay que tener fe. Es preciso creer que un futuro mejor es posible. Un futuro que permita el progreso ético, social, económico y laboral de las personas, donde los valores que muevan los comportamientos humanos ayuden al progreso moral y posibiliten una mejor convivencia entre todos los grupos sociales y culturales.

Y, finalmente, para vivir es preciso, también, la esperanza, que es el valor del futuro. Sin esperanza no tiene sentido trabajar ni luchar por un futuro más digno. Tener esperanza no es ser ingenuo, a pesar de que la esperanza pida un cierto rasgo de ingenuidad, pero es un valor que se construye con realismo y que nos faculta para trabajar para un futuro mejor. La esperanza nos vacuna contra el desánimo. Transmitir esperanza no significa esconder ni maquillar las dificultades del futuro, sino que ayuda a asumirlas plenamente desde la confianza.

(1) TORRALBA i ROSELLÓ, Francesc, Cent valors per viure, La persona i la seva acció en el món, Pagés editors, Barcelona, 2001



Artículo publicado en la edición impresa de Optimoda edición nº 145 correspondiente a Mayo/Junio 2009. Envíenos su punto de vista u opiniones sobre este artículo clickando sobre el botón 'opinar' al inicio del artículo (es necesario estar previamente registrado)

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